Encendí la luz de la cocina, esperando que pudiera terminar de despertarme... al instante las cazuelas y sartenes comenzaron su melodía mañanera, todo estaba listo para iniciar lo que sería un rico desayuno. Pero algo le puso pausa a mi prisa. Noté algo raro en el aceite, hundida en la botella yacía una mosca muerta. Tomé la botella...
Serían unos 25 o 30 minutos, apretaba periódicamente la bola de goma para que el fluido fuese constante, la bioanalista volvió agitó un poco la bolsa, y como para darme ánimo me alagó diciendo: - ¡qué bien!, preciosa tu sangre. -¿Preciosa?, pensé en silencio. Al instante tomó un papelito y la identificó, le puso mi nombre y otros...